Yo veo al hombre derramado en la distancia, jadeando tras un culpable imaginario, reptando bajo la canícula como si el fuego celeste fuese un arma en su contra. Ajetreado en su voluntad de dinamitar todas las cosas, como si el caos fuese el lugar ideal donde instalar su residencia. Lo veo iracundo frente a las veleidades del día, aterrado cuando la noche le escruta las pupilas, interrogando a los dioses por la duración de su contrato. Escúchame. El Nombre se te dio para apaciguar a las bestias, enjuagado aún en la adrenalina del primate, sin que a las paredes del mundo les llegara la metralla. Se te dio para rendir pleitesía a los paisajes y no para sucumbir a la fiebre de tu avaricia reduciendo el mundo a tu propio beneficio. El Nombre se te dio para instruirte en el cariño a las personas, para ejercer de protector del horizonte y atemperar el mal humor que vuelve quisquillosas las tormentas. Para liderar el avance pausado hacia el futuro evitando la tentación primaria de la guerra. Hoy te preguntas si valió la pena la desobediencia, atorado en las criptas donde reposan tus delirios de grandeza. Mirando de reojo tu reflejo fracasado y anónimo a los ojos de la tierra.

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