Él me mira con sus ojos grandes y redondos de brujo chiquitín. Con esa media sonrisa que me hace preguntarme a menudo si no seré yo el más pequeño de los dos. Sé que le preocupa que olvide. Por eso me pellizca cuando entierro en el cementerio de la memoria algo importante que nos atañe. No tiene más prisa que la que da querer comerse el mundo. Y es impaciente cuando tardo en sucumbir a la aventura. Él no conoce límites a la fascinación más pura y trota por doquier sin contención alguna, abiertos los brazos y el alma a todo lo que suponga una pregunta nueva. Tenemos tanto de que hablar entre lo por vivir y lo vivido, que no concibo el futuro sin llevarlo siempre de mi mano. Como un albacea en vida me gestiona el tiempo para que el camino no se nos troque en rutina, para que la magia que huye a los adultos halle todavía hogar en nuestros días. Yo le admiro las risas y los correteos. Y en la quietud de las noches lo abrazo y le agradezco de corazón que siga haciendo de sus pasiones las mías. Somos uno, pero sé que es tan fácil ignorarlo y dejarlo morir en agonía! Cuando la luz nos descerraja los párpados en la mañana su mirada hambrienta me da alas para devorar el mundo en su nombre y en el mío.

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