Me hablas de la muerte en pulsos eléctricos que viajan bajo la superficie marina. Llueve a cántaros. Y en la oscuridad de esta medianoche el silencio del luto enmudece los jardines. Yo vivo exiliado del mundo que conocimos porque mis ojos buscan resplandores diferentes. Tú aguardas fortificada tras alambradas a que la vida cese de golpearte los costados con rabia injustificada. Yo intento revivir el brillo hipnótico de tus ojos con los trazos incompletos que conserva mi memoria. Tú defiendes con una sonrisa franca el perímetro de tu distancia sin apartar el índice del gatillo. Nunca llegamos a abrir la puerta de la bienvenida. Y aún así, cuando la brisa me desliza tu nombre bajo la almohada, yo insisto en recuperar tu imagen del olvido que mi mente regala con frecuencia a los rostros del pasado. Hay algo de misterio en esta charla nocturna sin voces ni pupilas, como un diálogo secreto al margen del tiempo que nos une y nos separa sin posibilidad de encuentro. Yo lucho sin tregua por descubrir el significado oculto de cada latido que pierdo en la distancia. Tú cubres con tiritas las múltiples heridas que tatúan tu piel de alabastro. Si sólo pudiera abrirte la ventana de los días venideros para que comprobaras que el horizonte nunca fue el enemigo… La lluvia cesa. Los párpados claudican. Y tu perfume se evapora en las sombras junto al calor sofocante del estío.

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