Quizás no entendiste que a ti y a mí nos construyeron con la misma argamasa. Caliente. Latiente. Terrestre. De rojo viscoso y materia putrefacta. Sangre que fluye como la savia por las hojas. Carne que surge de la turba. Conectados a todo. Hermanos de mamíferos, aves, reptiles. Primos del baobab y las avellanas. Familia consanguínea de algas y bacterias. Un compendio tan antiguo como la raza, cuyos átomos se reinventan combinando la historia. Somos todo lo que fue, pues la alquimia de la vida nos construyó con desechos de otros seres. Agua del Zambezee, tierra roja de Chad, partícula boreal del Ártico, guano maloliente en las cavernas de Borneo. Tal es la mixtura que hace del yo un somos muchos. Quien crea que es sólo él, es un idiota! Pues no hay mayor error que la vanidad del primate! El telar es inmenso: hilos invisibles que nos mantienen unidos bajo la pulsación continua. Vibrando sincronizados e ignorantes de que la desgracia es común y la gloria un suspiro. Al final de cada día un tic tac nos acalla el alma y las batallas. Un tiempo sin dueños que mantiene a buen recaudo los recuerdos de todos aquellos que fuimos. Si acaso una voz a horcajadas del viento. O un mensaje secreto abandonado con infantil caligrafía bajo los pétalos de los jardines.

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