Me miras perpleja entre los vapores de la madrugada. Arrullada entre pétalos primerizos que tiemblan temerosos del soplar de la tormenta. Cuando hablas abrazas. Con la voz profunda del Ganges. Con la mirada asesina de Kali. Con el descaro de Río o la serenidad de Corcovado. Yo no sé dimensionar el dolor que me provocas. Bella como una puesta de sol que se eterniza hasta que el ojo asume el llanto. Y aunque todas tus palabras me ignoran, tus pupilas como brasas aún iluminan mi rostro. Te conozco todas las intimidades, sin excepción alguna, pero sigues envuelta en un misterio que fascina. Niña como si el tiempo fuera una anécdota en tu piel de terciopelo. Mujer como si la pasión que te enloquece fuera brida suelta en tu montura. Me besas con labios de fuego, que son la antesala del infierno. Feroz como un demonio enfurruñado porque no me rindo a tus artes pizpiretas. Yo, cariño, nací Caballero a prueba de dragones. Y aún no encontré princesa capaz de torcer mi camino. Los castillos y las almenas están sobrevalorados.

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