Te descubro en los rostros de mujeres anónimas, con la fascinación del pibe que aún sólo piensa en patear pelotas. Te asomas a mis espejos con la nariz arremangada y ojos enormes de princesa rusa. Erguidísimos el ingenio y los pezones que alimentaban mi lujuria de gañán torturado. Dulce como el chocolate amargo cuya pureza confunde al paladar imberbe. Te veo danzándome los duermevelas esculpida por un cincel maestro. Con la sonrisa proyectando esplendores que me ciegan y esa mirada pícara capaz de desvestir armaduras sin contacto. Te oigo agitar las alas rotas sobre la hierba, cuando la medianoche vence los párpados cansados del hastío diario. O quebrada de dolor en una cancha del Bronx, increpando de frente a la violencia callejera. Rebelde como felino enfurruñado en tus causas con la vida. Avanzando a zarpazos mientras tu mirada galena cura al instante las hemorragias que provocas. Te añoro entre las aguas oscuras que te tragaron el alma en una noche aciaga, cuando yo asomaba tiernito a la veintena con la inexperiencia poco conquistada. Desangelada por el tiempo que todo lo contamina todavía bosquejo tus facciones perfectas en el recuerdo. Creo que fuiste de forma injusta la medida imposible de todos mis amores. La vara que mide la belleza que se difumina. La gloria en las flores que cada invierno marchita.

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