Despierto a las noches de Indochina. Flotando sobre las aguas de esta bahía vietnamita igual que el feto duerme suspendido en el útero. A lo lejos retumba el ulular oceánico de las sirenas como una barcarola que no mengua. Y en la endeble barcaza del tiempo se mecen sosegados todos los destinos. Vivo en la oscuridad que como hulla tizna mis noches con muros por los que la luz no accede. Consciente de que en los acantilados del alma apenas existen días soleados. En la vasta enormidad de este mar ensangrentado por el crepúsculo yo escucho gemir al hombre en sus horas amargas. Pero ni todas las liturgias pueden absolver el pesar de un corazón tatuado con mil cicatrices. Yo vivo las horas de la demencia, cuando todos los desheredados pronuncian en la oscuridad mi nombre. Yo conozco el lugar en que perecen las estrellas agotándose de a poco presas de la melancolía. Y a veces hablo con la voz atribulada de los viejos saurios. Cuando desde la habitación más antigua de mi pasado los genes estallan furiosos ante la inminencia de un nuevo exterminio.

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