Tú me dices que ya no hay ojos que curen esta soledad que te atrapa. Que no hay amigos ni empatía para tanto sufrimiento. Que las paredes de tu habitación se hicieron celda y la pantalla de tu móvil una ventana absurda a un mundo que siempre te traiciona. Me dices que tus padres son aliens que no entienden nada, porque tu hoy y su ayer no admiten comparaciones. Que la ansiedad es tu única compañera y que cada corte que sangra alivia el abrazo feroz que te estrangula. Que comer se convirtió en penitencia y que al otro lado de tu puerta la vida perdió todo el sentido. Yo no tengo nada que ofrecerte. Porque desperté vacío a nuestro encuentro. Perdí mis alas en algún lugar del firmamento y, como tú, sé que no hay cielo ni infierno que puedan darnos cobijo. Condenados a beber la hiel de los incomprendidos, sin que nadie acierte a solventar la indiferencia que se nos acumula en los bolsillos. Me dices que el cuerpo es una carga innecesaria y que el alivio está más allá de su frontera. Que la muerte es un aliado convincente y que no abundan las razones para seguir oxigenando el alma. Silencio. Yo me agarro como zarpa a tu muñeca. Y de un empellón tosco que desgarra el tiempo te devuelvo de nuevo a la edad de la inocencia.

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