Nunca estaremos a la altura de las mujeres. No importan las centurias que nos vean vivos. El mundo es un matriarcado que no reconocemos. Muertos de miedo las vejamos, las humillamos, las abusamos, las torturamos y las asesinamos. Ejerciendo de primates de seso limitado entre bravatas y condescendencia. Todo en balde. Porque a pesar del pavor que nos producen sus pupilas de almíbar sabemos que la civilización sin ellas no tendría sentido. Por eso te miro con ojos fieles, sin atisbo de gazmoñería, consciente de que nada de lo que soy sería posible sin tu ayuda. Tú sonríes pizpireta, radiante de hermosura, ofreciéndome tu cuerpo como un regalo nunca merecido, sin vencerme aunque podrías mil veces. Tierna como la noche que me susurra la suerte de haberte conocido aunque yo a veces me revuelva feroz en una soledad malentendida. Paciente con mis rabietas de chiquillo. Voraz cuando me rindo a las curvas salvajes que te adornan. Llegará el día, más pronto que tarde, que esté guerrero inútil claudique a tu mirada. Porque frenaremos ante el abismo para entregaros las llaves de pueblos y ciudades. Porque será vuestra inteligencia la que salve a las naciones de tanta artillería. El hombre es un juguete roto que vosotras reparáis con una alegría que no mengua.

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