Ella y yo orbitamos estrellas diferentes. En galaxias tan remotas la una de la otra que la simple idea del encuentro es una utopía bárbara. Ella es breve, callada como un secreto que sólo se musita entre generaciones a la hora de la muerte. Yo me alimento de palabras, vomitando pensamientos que a veces la resultan tan torpes como un borracho lanzado a un rally entre farolas. Ella es tierna como pulpa de parchita, suave como un armiño joven adormecido sobre la nieve virgen de la tundra. O, si se voltea, afilada como una catana centenaria cuya hoja convierte el diamante en margarina. Yo tengo dos píes izquierdos y tropiezo mil veces con la misma piedra, tosco como el barro que nadie modela, radical en los quereres porque el corazón no conoce pausas ni diplomacia. A ella le cuesta un mundo asumir sus sentimientos, clausurada en un silencio hosco que la aísla y la protege. Yo conduzco los amores igual que Fangio en Nürburgring, a una velocidad endiablada que no permite la paciencia. Ambos inseguros. Ambos vulnerables. Malheridos por traidores que rajaron a faca la brizna final de confianza. Ella sólo se lanza si atisba en mí la huida. Yo la agobio cavando como un topo estúpido un túnel para llegarla al alma.

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