Te veo danzando jovial entre las alimañas. Cimbreando las caderas en una espiral de curvas que enloquece el ánimo de los infieles. Te veo sonreír como ofertando un puñado de perlas, mientras tus ojos sin fondo aletean vivaces frente a fauces en ayuno. Hermosa hasta la locura. Joven como los brotes verdes que explotan en Primavera. Con rostro de querubín prendido en llamas, vendes la carcasa a la exigencia de las hienas. Y en este Julio hiperventilado la temperatura de tu cuerpo promete calcinar todas las hectáreas del paisaje en que me muevo. Pero yo no tengo tiempo para tribulaciones de colegio. Hay demasiadas cicatrices decorándome el pasado. Le cogí cariño a esta soledad que me cobija y tus ojos como hogueras no prometen nada bueno. Te veo exponiendo la epidermis al juicio de descerebrados con un pudor que me enternece. Torciéndole a la vida el pulso para defender tu orgullo y el de tu familia. Yo sólo puedo jalearte en la distancia, igual que se anima al enemigo. Y ofrecerte frases dulces que te aquieten el espíritu. No me queda mucho tiempo. Un día se secará el manantial de las palabras. Y me quedaré mudo y atónito frente al erial de mis errores. Aguardando a que la vida me empuje a puntapiés hacia el retrete de la historia.

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