Te perdí como se pierden todas las cosas. Tras una montaña de días confusos y horas incomunicados. Argumentando hasta el desgarro tonterías sin sentido que nacen del miedo a ser vulnerable y engañado. Deshilachados por la distancia que todo lo nubla y tu necesidad de huir con prisas hacia un lugar más cálido. Recogí mi equipaje como el peregrino que abandona el monasterio, con ese regusto extraño de dejar atrás las claves de un misterio aún no resuelto. Tú, bellísima entre las orquídeas de la mañana, batallabas el llanto apretando tus labios rojos de amapola. Te hubiera podido prometer aquello que tanto ansiabas, pero qué caballero miente para conservar su derecho de pernada? Tú giraste tu melena despechada para sonreírle luminosa a mis contrarios. Bañada en la lujuria de tu corazón venezolano. Yo hubiera entregado el mundo por contentar a tus ojos de avellana, pero una vez más me pudo el dictado torpe del destino. Rompí ojeroso todos los puentes que nos unían con el fin estúpido de aislar tu memoria. Ignorante de que tu rostro alegre de princesa ya andaba tatuado en todos mis hematíes. Qué poco me dura la fascinación por las cosas nuevas! Qué triste comprobar lo rápido que se me apagan las hogueras! Quizás habré de arrepentirme por soltar amarras con tanta ligereza. Pero herirte de veras nunca fue parte de mi itinerario.

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