Yo soy sólo palabras a las que no avala un cuerpo. Dibujando piruetas en el éter sin una garganta que las acune. Huérfanas de soporte como un general sin tropa a sus espaldas. Palabras que desafían al tiempo con una obcecación que incomoda, porque no hay mejor editorial que el alma. Yo soy una voz extraviada en la agonía. Proclive a la adopción si tu compromiso es sincero. Amante de un intelecto ajeno desde donde proyectarse al mundo. A veces pienso que detrás de tus ojos estás llena de paisajes que enamoran. Otras veces acabo convencido de que estás vacía, en un erial inmenso donde no crece absolutamente nada. En la noche zalamera mis palabras son caricias tomando posesión de tus medidas. Etéreas como la brisa unas veces. Soeces como las groserías de un marinero borracho otras. Tímidas y trémulas. Vehementes y ruidosas. Revoltosas entre tus muslos como si tu cuerpo fuera un santuario que exige reverencia y ellas feligreses canallas. Chapoteando en tus humedades mientras susurran la pasión con que te mueves. Yo soy sólo palabras descarnadas de una anatomía. Liberadas de la percha humana que las empequeñecía. Ansiosas por coronar la cima de tu sexo antes de que se rompa la mañana.

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