Te escucho al otro lado de la línea. Gimiendo en estertores que bien podrían ser tu muerte o tu alegría. Eres mía, dices. Y aún así yo nunca tomé posesión de tus puertos y ciudades. La noche nos ata con palabras quedas que sonrojan, caricias hechas sonido surfeando tus intimidades. Te veo sin verte en la oscuridad que nos protege, húmeda como la colada blanca tras la lluvia. Tú, abandonada a tu suerte más allá del meridiano setenta y cuatro. Yo, viviendo en harapos sin conocer la gravedad del futuro que aguarda. No sé cuánto durarán nuestras escaramuzas, pero ahora vivo prendido de tus ojazos en celo. Escondiéndome de la realidad como si pertenecieras a un mundo imposible. Tratando de silenciar las razones por las que tenerte es un suicidio. Yo no sé los límites difusos de tu inocencia, pero de veras quisiera aislarte de todos los dolores. Perpetuar la sonrisa en tu rostro a pesar de la tanda de misiles que nos cerca. Tú callas, parapetada tras multitud de indecisiones, temerosa de que mi voluntad derrumbe todas tus murallas. Nublándome en tu mente antes de que regrese el frío.

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