Viste al unicornio. Con ojos como platos y latido de fiesta. En un paréntesis del tiempo donde la realidad no es bienvenida. Donde la edad se vive entre comillas, atrapada en un calendario que no cuenta los días. Viste al unicornio. Crin de seda, cuerno de plata. Y las voces comunes te gritan que la magia no existe. Que es una argucia de trileros para violar tu inocencia. Que a un adulto le compete la cordura y llevar cada día el pan a la mesa. Pero tú, harto de desfilar cabizbajo entre la verborrea de los altivos, le escupes sin paciencia a la lobotomía de la raza. Viste al unicornio. En un mundo sin nombre que aún yace en la memoria. Henchido de esperanza. Con una mano menor prieta en la tuya. A tiempo de ver que el niño que fuiste aún no ha sido abatido a disparates. Firme en la convicción de que la fantasía es cierta. Sin permitir que la vulgaridad se adueñe de la silla. Viste al unicornio. Bestia de terciopelo. Voraz entre los hartos de maravillas. Sin más razón que un homenaje a la infancia antes de que todo esté perdido. Y enmarcado en este otoño de hojarasca ocre aún te tiemblan los sentidos!

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