Yo creo que hueles como las gardenias a medianoche, instilando ese perfume peligroso que ronronea en las narices acechando un corazón en celo. Yo creo que hueles a Mar Caribe: salina, brava, curva como el oleaje, protegiéndote del mundo tras una concha que todo lo detiene. Huyendo del sentimiento que te hace vulnerable entre los lobos. Y yo, cánido que no espabila, asalté tu jardín con curiosidad asesina y modales de etiqueta. No hay forma de que aprenda que toda caza tiene consecuencias! Y en el altar de las vestales tus ojos incendiarios me fulminaron el alma. No iba a devorarte, porque hubieras sido tú quien se me merendara. Pero me colgué de tu rostro indígena y sonriente, sin prestar atención al fuego que nos abrazaba. Tú, desbordando vida y savia nueva, me entregaste lo más íntimo. Mía en una noche sin fronteras. Yo, que quise guardar la ropa, acabé chamuscado en la cuneta, como un perro al que se le acabó la suerte. Tú, precavida como una gacela en la sabana, te zafaste de mis fauces conmovida por la química que nos aturdía. Yo, tonto como un zapato, me provoqué a mí mismo la hemorragia.

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