Observó la vida tras vitrales de colores. Como si la luz filtrada de las catedrales nos llegara sin iras ni violencia. Yo sirvo a los viejos dioses hoy circunspectos. Perplejos ante tanta tribu en guerra fratricida que no se soporta. Solos en la cúspide. Menguados porque en esta sociedad instalada en el insomnio la divinidad perdió lustre y cariño. Cabizbajos porque los chamanes ya no son sino folclore y las piedras de los templos gritan consignas que a nadie importan. Abotono el camisón de la medianoche. Es tarde. Y las calles vacías no contienen almas. En su cuerpo de ébano exploro los perfumes oscuros que inundan mis jardines como un propofol que te enajena. Y en las sombras voluptuosas que la arman puedo ver horrorizado las curvas en las que descarrilan casi todas las naciones. Nadie está dispuesto a ayudar a nadie. Como si la muerte de uno fuera un pírrico triunfo para los que se quedan. Yo recorro decepcionado los campos de batalla donde sólo sobrevive la bacteria. El hedor a extinción se hace insoportable. Alguien debería patear bruscamente a las deidades que sestean. Si no se curran el milagro pronto no quedarán fieles que alimenten su ego.

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