Mírame. Aferrado a esta columna vertebral que me mantiene erguido entre primates. Ponderando los atractivos de la muerte o la posibilidad fútil de seguir inhalando oxígeno para sobrevivir a otro mediodía. Lleno de palabras crudas para que el futuro comprenda la importancia de una voz sin anatomía. Mírame. No hay razones aparentes para la melancolía y sin embargo a mi alrededor se multiplica la tristeza. Quebrado como estoy por un rayo amigo. Mutilado por una bestia que no atiende a caricias. Ignorado en el reparto de los sueños porque el tiempo invernal que me cobija decidió abortar toda alegría. Explorando los delirios de la mente en un viaje cuyos paisajes acaban siempre en pérdida. Mírame. Abotargado entre multitudes raudas cuyas prisas no comprendo. Roto como porcelana antigua sobre el damero de una mansión abandonada. Garabateando símbolos sobre la arena de una playa que ningún mar acaricia. Únicamente veo ruinas. Allí donde hubo gigantes invadiendo el cielo con sus agujas inflamadas. Mírame. En este funeral de cuanto pudimos haber sido. En el sepelio por los sueños que son hoy cadáveres asesinados por nuestra pereza o cobardía.

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