Te intuyo acalorada entre las paredes del tiempo. Llena de lava enfebrecida, como un volcán que trata de contener el exabrupto. Herida en el flanco del futuro, allí donde la niña que fuiste yace enjaulada y sin juguetes. Tú que fuiste rubia. Y salvaje. Y que acelerabas la carrera entre los apocados para conquistar guerrera las colinas. Tú que me tuteabas sin temor al fuego, porque junto a la hoguera tu cuerpo de amazona era un poema de chispas y llamas. Has crecido cómo crecemos todos, deambulando entre sueños rotos y casis y por pocos. Temerosa de que el guión ya no te reserve frases ingeniosas. O escenas triunfantes en las que la música lo inunda todo. Queda esperanza? Me preguntas con ojos como bandoneones argentinos, deseando patear a la multitud que sobrepasa todas tus fronteras. Qué sé yo, mi vida! La mansedumbre es sólo un traje pasajero del que puedes desprenderte cuando quieras. Nadie, créeme, nadie, hará por ti los deberes. Pero yo recuerdo con claridad prístina tu sonrisa pícara y tu voluntad de hierro. Tu lealtad a prueba de misiles y un corazón desmesurado que ni yo ni nadie merecimos. No me extrañaría nada verte balística asaltando los muros que te entorpecen. Y abriéndote a carcajadas la puerta a un nuevo día.

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