Traigo estas palabras envueltas en los paños húmedos del alma. Repletas de moratones por los descalabros y los “punches” de un guión sin escrúpulos. Te hablo desde el abracadabra de la medianoche, arropado por borrachos bruñiendo sus fracasos a la luz crepuscular de un último garito, mientras yo exilio en la valija del tiempo tu rostro desmadejado. Cruzando el espacio entre tu mundo y el mío como si este atardecer no tuviera turbulencias. Como si entre nubes níveas la vida no fuera una carnicería. Fileteado hasta el hueso por una tizona rebelde contraataco malherido porque la derrota nunca fue una alternativa. Harto de que cada extraño se convierta en matarife y yo en una víctima hecha puzzle. En el manto frío del ocaso hierve mi sangre cual si fuera lava. Y ahí voy yo como un misil patoso cuyo objetivo varía en cada esquina. Tú, empadronada en el abismo de tus ojos como océanos, me miras intentando no soltar la carcajada. Lees mi misiva como si fuera un mantra, consciente de que el hilo que nos conectaba perdió para siempre el ojo de la aguja. No sufras. Siempre hay recambio. Escucha la voz acerada de un último amante, dispuesta como un cántaro a calmar la sed que arde.

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