Yo, te digo, roto en ráfagas briosas que cabalgan la tarde como un cimarrón atolondrado, que todo es una dulce pantomima. Estas gentes correteando las aceras, enjauladas en los días que pesan y se repiten. Las voces necrófagas de los telediarios, reviviendo catástrofes con que enjuagar las comidas familiares. Las pibas de piernas largas que bailotean descaradas en las ferias, con ojos como farolas y sonrisas de piraña. Los ejércitos de ceño fruncido que ratifican armados las fronteras del mundo dividido. Los abuelos, bruñidos al sol de la mañana, amortajados en recuerdos que el tiempo deshilacha. Los amigos que se difuminan de perfil cuando vienen maldadas las hostias con que la vida te espabila. Yo, te digo, abriéndome paso por entre la maraña de mis decepciones, que todo es una anécdota efímera. El mar bravío en tu mirada, volcánica en las tempestades cuando escupes mi nombre. Los días como acantilados por los que se despeñan mis cariños cuando la rutina no halla freno. Los años que guardé tu sueño mientras tú explorabas el éter con tu salacoff de aventurera, como si mi vigilia fuera suficiente para mantener a raya las hordas de demonios a los que te enfrentabas.

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