Era pequeño como una amapola. Preguntándole en jarras al mundo por la suerte esquiva que se esfumaba tras las esquinas de cada día. Firme como un mojón en medio de la tundra retando a la tempestad con sus pupilas encendidas. Solo, como un emisario huérfano de dioses. Solo, como una capilla desvencijada en la que nadie ora. Solo como el último aborigen enfrentado a un meteorito apocalíptico. Era pequeño como una amapola. Surcándole a la tierra sus arrugas de matrona en eriales infinitos que él sembraba de esperanza. Sonriéndole a las bestias sin la malicia del primate. Entreverado de carne y espíritu como un experimento que no halla acomodo entre las gentes cotidianas. Chiquitito, como el suspiro que infundió vida a la primera piedra. Chiquitito, como el primer cariño que enturbió la noche con deseo. Chiquitito como el fulgor pusilánime de las estrellas que el neón de las metrópolis hurta a nuestros ojos. Sonsacándole a las ruinas confesiones que la historia ruborizada apenas admite. Atareado siempre en hallar puertas fugaces en el éter por las que fugarse a escenarios que la mente no imagina. Era pequeño como una amapola, acaso diminuto. Pero gigantesco en la sombra que su corazón proyectaba sobre la soberbia de todos aquellos que lo ignoraban.

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