Veo ángeles negros apostados en las esquinas del mundo, aguardando impertérritos el final de los dias. Te veo perfilada en la negrura que invade los jardines, inspirando el aroma a violetas aunque la esperanza haya fenecido. Esperando en la mirada a que mis pupilas horrorizadas busquen tu consuelo. Inmune a las esporas que se reproducen por doquier en su afán por completar el puzzle de la muerte. Veo ángeles negros hieráticos frente a los portales, con la pose hosca de a quien le insulta ser cómplice del exterminio. Fruncido el ceño de su expresión violenta. Custodiando túneles arcanos que viajan a través del éter. En el espacio infinitesimal en que nos movemos la pausa entre latidos se hace cada vez más breve, como un tambor salvaje llamando a rebato en lo más inhóspito de la jungla. Vamos a morir sin anestesia, devorados por un patógeno que eludió la comodidad del laboratorio allí donde se desvanece el recuerdo. Rotas todas las promesas que le hicimos al planeta, la tierra ha decidido abrir la caja de Pandora bajo los hielos frágiles de la Antártida. Desconocedores del último capítulo del drama de nuestra existencia, nosotros continuamos peleando por saber quién se hace con los tesoros que yacen en coma bajo la superficie del continente helado. Te veo alojada en el regazo de los dioses, con las alas maltrechas, llorando con desconsuelo por todas las ocasiones que desperdiciamos.

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