Viajamos las olas del tiempo en un velero de velas henchidas por el vendaval polar. Navegando las profundidades abisales y el dominio letal de las sirenas. Ungidos por la tormenta que retumba en esta noche sin costuras. No hay rincón que no pertenezca a las sombras. No hay emoción que no contenga luz. Trazamos sobre las aguas una saeta húmeda que nos propulsa hacia tierra, mientras la tripulación entona con voz de cazalla los himnos del invierno. Al final de este mar indómito se halla la calma, el hogar, la lumbre y quizá ese rostro prometido que jamás se alcanza. Bruñida la superficie del alma después de tanta batalla. Tensas la mandíbula y la jarcia. Encadenados al gran azul por una promesa que volvió al olvido. Hacinados tras el timón por una cobardía inconfesa. Rasgando los velos de la medianoche como si esta proa fuera un estilete y yo un homicida enfurecido. En el luto nocturno no escucho nada más que la respiración entrecortada de los atlantes. En lo alto del trinquete cuelga una sombra que no tiene nombre, ondeando al viento como una rúbrica pirata. En algún lugar de esta utopía liberaron sus nudos todos los amarres. Mientras, nosotros labramos este huerto de arenques con una maldición sobre los hombros: no habrá mujer ni puerto que nos den cobijo.

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