Te recuerdo enmarcada en una Primavera de arándanos y claveles. Correteando liviana entre flores, con piel como pétalo y mirada de espina. Acongojada por las tormentas que desfibrilaban los paisajes, mientras en poniente el horizonte era un hematoma que se oscurecía. Yo, que debería aguardar la parca en traje de luces, sobrevivo frente al acantilado de mis malas decisiones, trazando las coordenadas tras las que enterré tu rostro de princesa. Te recuerdo danzando cual derviche alocado bajo las lluvias torrenciales que anegaban los pueblos indígenas en un mar de lágrimas. Girando vertiginosa de la mano de huracanes que tatuaban la tierra con jeroglíficos que hoy nadie descifra. Yo, dibujo tu imagen turbadora sobre el lienzo húmedo de mis párpados en duermevela. Te hundiste en el mar de la soberbia junto a una civilización atlante que bien pudo haber sido la respuesta a las desgracias de la tierra. Os perdió el orgullo. Y esa sensación siempre errónea de creerse en libertad para tutear a los dioses. Yo, exiliado de toda aventura cotidiana, recuerdo como si fuera hoy tu melena pelirroja inflamada en llamas, agitándose en rebeldía bajo los vientos exaltados del desastre.

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