Yo menguo atrapado en lo abstracto de un beso que se da sin meditar las consecuencias, allí donde la cortesía es carcajada y las fauces se afilan para desgarrar la presa. Yo menguo en la anarquía que todo lo corrompe, en las palabras como cuchillas que en discursos arrogantes nos sobrevuelan como un griterío que nadie apacigua. Yo menguo entre las multitudes tan llenas de sí mismas que no soportan ningún cambio en la dirección del viento. Yo menguo en los actos soeces y en la brutalidad con que las gentes se maltratan cada día, en la soberbia de los poderosos cuya pequeñez no se refleja en los espejos. Menguo frente a la avalancha que todo lo empaqueta con una rigidez que asusta, porque ya no quedan cumbres que nos acepten como iguales. Ahora que el otoño depila los bosques que nos resguardaban y los campos merman sus frutos, veo la máquina en la que viajo transformarse de nuevo. Todo, incluso yo, cambia según los ciclos de las estaciones. Ella, apoyada sobre la línea ilusoria del horizonte, sonríe con malicia. “No es triste? Allí donde el hombre muere deja de existir la guerra.”

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