El lobo. Siempre el lobo. Acogiéndose a Sagrado bajo el trueno y el relámpago. Sin mostrar reverencia a la sotana o a la voz queda de los píos. Suspendido entre este mundo y el caos de las esferas, como si la vida no fuera más que anécdota magra a la que hincarle el colmillo cuando la fiebre nos hierve tras los ojos. Apenas un descuido y la áspera pezuña queda impresa a nuestro lado. Quizás como un augurio con el que los dioses nos regalan. O una maldición que ha de acompañarnos hasta el fin de los días. El lobo. Siempre el lobo. Paradigma y anatema. Leyenda de aldeano. Cabalgando el horizonte bajo el que crecen los robles y las hayas a la luz de luciérnagas celestes. Indomable el ansia por la sangre que late en yugular ajena. Sereno en el nirvana que equilibra todas las pasiones. Sin más escrúpulos que el zafio festín a medianoche. O ese aullido desgarrado que te hiela las arterias cuando el bosque se rinde a la noche. No hay salida. No hay futuro. No hay tregua ni en la vida ni en la caza. La piedra del tiempo nos ata a este cánido asesino como el bajel al ancla. Esta sed, que no conoce pausa ni fondo, ni fuente suficiente, nos mantiene cautivos en el campo de batalla. Nadie regresa jamás de este viaje. Bajo la sombra de un cruceiro rendimos la presa y el alma.

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