Llueve como si viviéramos bajo el océano. Como si no hubiera consuelo para este cielo de luto. Como si bajo la tromba la vida purgara sus sinsabores y las almas al pairo aprovecharan para hacer la colada. Hoy las calles son ríos como bólidos, acelerando el llanto de las nubes en una carrera veloz frente a los portales. Húmedo el lenguaje. Empapados por igual la esperanza y el desánimo mientras el látigo eléctrico azota la metrópoli. Llueve granizo, violento como una discusión entre amantes que se traicionan. Palabras cargadas como granadas explotando sobre relaciones imposibles. Proyectiles perforando la lluvia. Una cortina de agua que bloquea el horizonte y nos empequeñece el mundo tomando rehenes en todas las orillas. Llueve porque hay motivos para el desconsuelo, porque el ahogo es un credo nuevo, porque tras cada ventana se protege un niño malherido. Mientras las playas y los puertos se desbordan, yo abro de par en par las puertas de este mediodía. Sé que el espectáculo será breve como el exabrupto de una pasión desbocada, como si la aventura hubiera prescrito en las ciudades. Inhalo profundo el aroma fértil de la tierra mojada. El aguacero me inunda. Pierdo pie mientras el sol aguarda.

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