De repente tú te frenas entre miles de guarismos, hastiado de tanto número hueco que te define en los archivos de las naciones. Te conozco. Tú agonizas bajo el dintel del sufrimiento, machacado por furias que nadie reconoce. Y el martilleo sedicioso de tu corazón en carne viva se rebela frente a las huestes de los dormidos, aporreando su silencio que no halla fondo. Te conozco. Bronco como una tormenta voltaica que brama exabruptos. Inmóvil entre los desesperados que persiguen como pollos sin cabeza un futuro que siempre les elude. Harto de tantas promesas que resultaron vanas. Harto de gentes tóxicas deseosas de cargar con sus piedras tu mochila que no entiende de rechazos. Desnudo y solo en el centro de un campo de batalla alfombrado por los cadáveres desmejorados de guerreros sin suerte. Te conozco. Roto, porque todas las profecías borraron tu nombre, descontando erróneamente tu muerte en el sucederse de los almanaques. Porque en cada retrato del Mesías tu rostro dibujado en la distancia siempre fue una pregunta sin respuesta. En el límite siempre peligroso entre luz y sombra viajas en precario equilibrio a través de los sueños, en una pirueta que por demencial resulta heroica. Te conozco.

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