Escucha. Dime qué queda cuando todo el ruido ha remitido. Cuando las voces que agredían la calma cesan de repente en sus rebuznos. Cuando el desgañitarse de la tormenta se disipa y todo a tu alrededor queda suspendido en un silencio que es mortaja. Yo cierro los párpados con un suspiro, como si la saeta de la muerte hubiera hecho diana en un último latido. Nada importa. Todo cuanto rugía es ahora un sinsentido, un catálogo de urgencias que a nadie interesa. Vivimos rodeados de alarmas. Sobresaltados a cada paso por vuvuzelas estridentes que nos agotan los tímpanos y la tranquilidad del día. Agobiados por las bravatas con que los estúpidos enjaezan sus discursos de sangre. Cuando el griterío cesa yo rebusco en la brisa el quedo murmullo del otoño acercándose pardo y cabizbajo a mis jardines. Las palabras merman sus aristas y se hacen pacíficas como corceles desbocados que la luna amansa en la pradera. Escucha. Ya no hay prisa. Todos los campanarios del mundo duermen al unísono. Es como al principio de todas las cosas, cuando nadie violentaba los paisajes profiriendo alaridos de discordia.

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