Te hablo en el duermevela con que te arrulla el otoño, mientras mi sombra deshuesada se desliza fantasmal por tus jardines. Qué sé yo de las caricias del mundo si he vivido enjaezado en malaventura y pensamientos opacos! La noche es un humedal de terciopelo donde el alma danza sin anclajes. Febril como un derviche que no halla consuelo en la calma, brincando cual liebre entre soportales para huir del cañón de la monotonía. Tengo un nombre que nadie conoce, ensamblado en los pasillos polvorientos de lo arcano. Valioso como una clave que ningún hacker descifra. Esquivo como tu figura sin matices proyectada al compás errático de las velas. Esta montería a través de un año que ya es sólo pellejo ha purgado la fe y los cilicios. Los santos ya no hallan cariño en la mirada de los fieles. Exiliada esa curia de sátrapas que malvendió con sus chanchullos la dignidad de las iglesias. Te hablo un instante después de la medianoche. Cuando todas las menciones a mi nombre suenan a epitafio. Cuando el mañana es una banalidad que no nos preocupa ni interesa.

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