Tendido en el alambre se me seca el alma como la mojama. Vapuleado por el viento que incomoda estos paisajes. Anegado por la lluvia que todo lo escupe sin diferenciar alcurnias. Cociéndome con parsimonia como el gumbo que burbujea en la olla tiznada del creole. Así me traduce el tiempo, con voz atropellada, las amenazas con que la vida intenta amilanar mi avance. Trastabillando al borde del abismo como un suicida indeciso. Retando al relámpago con una chulería que sólo la infancia imprudente justifica. Sudando mares bajo la llama tórrida del mediodía como si la tierra fuera sartén y yo panceta sofocada. Mientras la humanidad se esmera en la injusticia, yo cabalgo planicies polvorientas en pos de un sueño redivivo. Agredido por un estío que derrite hasta las palabras más frías con que se disparan los enemigos. Ensangrentado por el fuego amigo que nunca fue de confianza. Esperanzado de que en alguna posta futura haya una tregua para tanta desventura, quizá incluso la confirmación de que la penitencia ha sido suficiente. Abandonado sobre la hierba acalorada de julio todos mis planes prenden fuego y en una incineración inesperada mis cenizas y la tierra reverdecen su saludo.

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