Ella, ataviada con el traje sin costuras de la medianoche. Voluptuosa como una amazona proyectada contra la circunferencia de la luna. Misteriosa como un susurro en una habitacion vacía. Distante como el primer latido en el pecho de un moribundo. El hombre me pregunta extrañado porqué las hadas ya no recuerdan su nombre. Y la tempestad ruge precipitándose por las gargantas profundas de las montañas. Tic, tac. Yo no tengo respuestas en mis alforjas maltrechas, sólo palabras recién horneadas con las que saciar el hambre. Ella, engalanada en sedas negras que tejen las sombras al extinguirse el día. Danzando bajo el satélite mientras se mece sobre las aguas calmas de una playa sin gentío. Sugerente como el pliegue de una colina al sol de mediodía. El hombre me pregunta porqué la vida ya no llama a su puerta con ilusiones nuevas. Y la lluvia se desploma sin aviso sobre esta metrópolis desnuda en un bautismo que nadie celebra. Tic, tac. Yo ya no tengo motivos para inaugurar la mañana, sólo sueños húmedos con que mitigar las llamas del estío. Ella, cabalgando las nubes sobre castillos en ruinas. Con el corazón quebrado por una promesa rota. El hombre aguarda un abogado fiable que le permita eludir la hoguera de sus vanidades. El trueno, como la última banshee, zarandea en su colosal estruendo los pilares de la tierra. Tic, tac.

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