Te veo hinchado de ti mismo cual morsa aparatosa. Simulando en el discurso una confianza que sé te ha abandonado. El pueblo subsiste famélico, desnutrido en una cola interminable, carente de salud y de cariño. Y tú te pavoneas como un imbécil que excusa su ignorancia, su ambición cretina, en la maldad supuesta de cuantos le rodean. De veras te crees tus bravatas? En serio ves razón en tanta conjura fantástica? Un solo niño hambriento o muerto sin medicinas debería ser señal de stop a tanta tontería. Se puede estar tan ciego al sufrimiento de quienes te inundaron de riqueza? Dónde quedó la decencia que se suponía te movía? Adicto al petrodolar y a la gloria de un cetro mal adquirido. Atrapado por las exigencias de los verdaderamente poderosos, que asfixian los recursos de tu tierra sin que tú tengas cojones de frenar las regalías. Ya no sabes qué más inventar para sacarle jugo a un país que no te merece. Jodido autobusero! Deja de esquilmar la hucha con esa ansia primitiva, propia del animal de la banana! Vuelve al lugar que te parió de luto, porque aquí ya arrasaste los eriales. Ahora pones las armas por delante, como si el ejército y la gente no fueran hijos de una misma democracia. No te envidio el futuro, amigo mío. A los corruptos vocingleros pocas veces los salvan los tanques de una bala envenenada que surge de las sombras, como un sopapo colosal cuando menos te esperabas. Después, la humillación de ver toda una nación bailando de alegría sobre la tierra aún húmeda de tu tumba!

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