Tú me dices que amar es suicida. Amar es desangrarse lentamente, conscientemente, como si hubiera en ello una grandeza presupuesta. Amar es una proeza patética, no poética, digna de cobardes incapaces de afrontar la vida sin muletas. Amar es dependencia. Es rendirse. Es claudicar bajo el peso de las rimas y las canciones idiotas. Amar es un pacto anodino contra la soledad que te convierte en alguien sin espacios propios. Amar es de perros perezosos que secretamente envidian a los gatos. Es precintar tu autonomía y hablar en plurales para el resto del equivoco. Amar es no volver a llegar primero para llegar siempre segundo con una sonrisa boba por toda excusa. Es hacer de la libertad un pecado que cometen otros. Y del pensamiento un consenso sin estridencias. Amar es cercenar de un tajo tus alas y fingir que odias las alturas. Terminar y rehuir el contacto con los lobos. Es vivir domesticado bajo el epígrafe familia. Y frecuentar el onanismo cuando la imaginación se te irrita. Amar es despreciar la adrenalina de la caza y el sabor metálico de la sangre en las papilas. Es yacer cautivo con el beneplácito del mundo organizado. Es presentarse voluntario al sacrificio: perder el corazón en vida.

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