Sobre un féretro de plata se inclina la luna para espiar el cadáver del rey de los gitanos. La medianoche huele a lumbre y amapola. A rumba, soleá y seguidilla. A bandoneón y a saeta que acorralan la tristeza hasta allí donde es imprescindible. El mundo está de luto, trajeado con las sombras que la oscuridad derrama como tinto envejecido. Todo es fasto y algarabía en esta corte de indigentes tan ricos en historias. Ebria la brisa de cante y palmas que le ciñen a la muerte su torerilla de fiesta. Dilatás como lunares las pupilas de los algarrobos mientras Carmen -enrocada en carmín, sangre que hierve y faralaes al viento- taconea sus latidos fieros sobre las tablas del tiempo. No hay pausa ni motivos para el llanto ahora que el tocaor empezó la mudanza: Desde el Punjab a través del Caspio hasta inundar la tierra. Sin otra patria que la que late tras las sienes en este viaje a ningún sitio. Proscrito porque la libertad del zíngaro aún nos provoca dentera a los payos de triste mirada; porque la alegría no siempre es bienvenida en nuestra funeraria. La comitiva ruidosa se evapora entre las fauces del bosque como si de un espejismo se tratara. Por doquier risas de gitanas pizpiretas que leen tu palma en un romaní que suena a cascabeles. Gorjeos de chiquillos descalzos que aprenden del mundo cual salvajes, por el latido sordo que crece de la tierra. La luna guiña un ojo a tan festiva tropa. Y ahí se me va el alma. Tras un carromato tirado por alazanes como soles. Soy un aprendiz entre desamparados. Qué sabe de la vida este gachó sin demasiadas luces?

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