Hay demonios tomando café en mi cocina. Potente la testuz. Compasiva la mirada. Roja la epidermis por la que circula sangre de alto octanaje. Músculos tensos para la carrera. Alientos que recuerdan el aroma de la tierra fresca. Ciudadanos de este mundo sin pasaporte conocido. Prisioneros de un pecado remoto que aún hoy pervive en el número como estigma. Hay penitencia en sus maneras suaves y en su genuina preocupación por el hombre y sus maldades sin termino. Viven en un día que no conoce límites, resignados con la calumnia que los identifica. A veces compadezco sus buenos deseos y me da coraje que no rompan los esquemas. Pero ellos, más sabios que yo por supuesto, esgrimen una sonrisa de siglos y aceptan la trampa. Su disfraz es su secreto. De qué otro modo podrían sino guiar nuestros pasos de topos ciegos? Bajo la luz de un sol candente son los únicos testigos de las horas. Pacientes como pocos. Sin iras conocidas. Aguardan junto a las masas, invisibles pero siempre presentes, para tomarnos de la mano mientras presumimos ignorantes del libre albedrío. Ojalá algún día se haga justicia! Ojalá ignoremos los panfletos antiguos! Ellos, que saben mejor que nadie que el Juicio es cada día, terminan su café y vuelven a la carga. Dulce el gesto. Inagotable la voluntad. Solícita la ayuda. Y yo me hago cruces de que no se cansen de todas nuestras tonterías!

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