Aguarda. Todos los silencios pesan sobre mis hombros esta noche. El sueño parece ahora inaudito. Funebres los oropeles del pasado. Inanimado el futuro al que no se espera. Ella habla con la voz extravagante de los grandes saurios, regurgitando palabras como visceras. Acaramelada la pose mientras las llamas en su garganta devoran el oxígeno que circula entre nosotros. Sus ojos esmeralda son saetas endiabladas perforando mis secretos, pues nunca tuvo la paciencia para preguntar y esperar respuesta. Trenzadas las alas a su espalda con la humildad de quien se sabe invencible, mientras su perfil de faraona se proyecta en sombras rebeldes sobre las piedras de este claustro abandonado. Aguarda. Todos los arcángeles se han ausentado de las azoteas como si hoy el hombre viviera desprotegido en tierra de demonios. Ella ausculta las brisas de poniente y en su rostro hiperbóreo yo entreveo el caos de innumerables contiendas. “No os quedan razones para la soberbia” murmura con la tristeza edificada con las muchas decepciones que le regalamos. Yo, chapulín descreído, asiento avergonzado y me desintegro en silencio al albor de la madrugada.

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