Hablas como si de repente el mundo y sus gentes importaran. Vos, que llenaste de culpas y cadenas el magín y el alma para atenuar su carrera, que quemaste en tu barbacoa el avance de siglos para salvaguardar la ignorancia que te hacía fuerte. Te escucho y me confundes. Qué pasó para recuperar al hombre frente a la púrpura aprovechada? Qué pasó para articular como persona y no como infalible? Arrodillado frente al que no tiene, amonestando al codicioso, desenterrando el hacha contra la plata sucia y decadente que nutre y corrompe los palacios. De dónde has salido, sin ínfulas ni tenderetes, pisando la tierra sin pretensiones, rechazando el fasto que te delataba. Es ésta otra treta con que atontar al rebaño? De veras no temes la daga en la sombra? Te veo agarrando del brazo al indigente en la favela; luciendo mirada franca y gesto de cada viernes, haciendo añicos la soberbia de siglos como si los huesos no se revolvieran bajo los altares. Tal era el terror que invadía los pasillos? Tan evidente la decadencia que a nadie se ocultaba excepto a los herejes con bonete? Quizá no había otro remedio que cerrar el círculo, volver al discurso primigenio que reunió a la tropa, bajar del trono a la calle en una pirueta inesperada eludiendo el báculo y las filigranas. Y me pregunto si quizá confundirte con la multitud no será la única esperanza para no perder la vida. Eres el último de los iluminados. Después de ti sólo hablará el silencio.

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