Tú me hablas bajito sobre las virtudes de la sangre. El hematíe de un ángel. El hematíe de un demonio. El cocktail oscuro que se pergeña en los sótanos de las catedrales cuando la tempestad es un alarido que une todos los portales. Caminamos descalzos sobre césped húmedo, repletos de preguntas peligrosas. En esta oscuridad galante aguardamos la voz que venga a rellenar el vacío que siempre nos acompaña. Hablamos con las hadas, ahogándonos sin disgusto en sus inmensos ojos de agua, lerdos frente a milenios de sabiduría que sus facciones infantiles disimulan. Ellas sonríen como soles disculpando nuestra visión primitiva de las cosas, mientras contemplan cómo el mundo aturrullado tropieza y se desploma en el sinsentido de nuestras acciones. Yo escucho el caudal bronco navegando en rebeldía por mis venas, como un caldo nutritivo que alimenta tan extraña maquinaria. El hematíe santo. El hematíe maldito. Todas las palabras que me explican conllevan el perdón y la condena. Te revelaré un secreto: Nunca hubo una sola facción a cargo del alma.

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