Rebusco en esta tierra árida un fragmento de vasija que lleve tu nombre. Aún intentando encontrar tu pulso latiendo bajo la faz del planeta. Como un arqueólogo de desamores escarbo en las rendijas de cada ventrículo, esperanzado por descubrir restos de tu sonrisa o tu mirada casi grana como los atardeceres eléctricos que me rodean. Sucedió hace tanto tiempo que quizá todo resto orgánico sucumbió a la gula del gusano. Quizás todo sentimiento abandonado a su suerte terminó por evaporarse en el éter que de todo se alimenta. Pero aquí estoy yo, tamizando las aguas rebeldes que caen río abajo desde las montañas de mis inseguridades, intuyendo en cada poso el reflejo de tu rostro. Excavando túneles interminables bajo el bullicio canalla de la metrópoli, tratando de hallar las ruinas de nuestro romance entre los escombros. Yo nunca pude elegir el carril por el que me movía y aún así mis pasos siempre fueron tras los tuyos. Somos inmortales. Y eso me anima a creer que volveré a verte en un milenio venidero. Mientras, todos mis despertares añoran tu mirada prendida aún al sueño.

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