Yo, te digo, recaudo del hombre el harapo y las llagas purulentas, la tiña y las sandalias carcomidas por el polvo, la célula ruin que lo dinamita todo y esa tristeza tribal que acongoja las arterias. Yo, desterradas las enemistades, recaudo de él las lágrimas groseras por lo que pudo haber sido, el miedo visceral ante la muerte y la onomatopeya animal con que se enfrenta al terror de sus verdades. Recaudo el sudor, las heces, la micción con que limpia sus miserias, el mal aliento que le incomoda las mañanas y ese hedor inexplicable con el que se despierta tras la guerra. Recaudo su tremebunda sensación de haber dilapidado el tiempo, su marcha imparable hacia el cadalso, su rabia, su desprecio, su afán necio de venganza. Yo le recaudo el corazón anestesiado tras tan poca osadía en sus quehaceres, la vejez con que se excusa para colgar los guantes y la aventura, la decepción por tanto plan no cumplido ahora que la guadaña ha iniciado su parábola. Yo, exiliado de las efemérides, recaudo al hombre una última voluntad, un último deseo que quizás quedó atrapado entre los pliegues de sus ropas, antes de que el soplido vehemente de los dioses lo devuelva a la nada.

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