Has alcanzado tu cielo sin el consentimiento de las gentes, montado en el hedor de los corruptos como un paladín ondeando la cimitarra frente a una muchedumbre enardecida. Babeando ego y revancha mientras hueles la poltrona por fin a tu alcance. Adosado por necesidad a los obtusos que desean secretamente tu caída y a los que odian abiertamente tus raíces. Dime cómo se gobierna un país cuando estás vendido al enemigo! Yo entiendo tus motivos. Y entiendo la ira volcánica con que se cocieron tus adentros cuando todos, dentro y fuera, conspiraron tu voladura. No es que tú ayudaras con tu falta manifiesta de cintura, pero confío en que hayas regresado con la lección aprendida. Ahora te toca a ti gestionar la batuta (aunque los poderes de verdad siempre fueron otros) con la fragilidad de quién llegó de prestado y con hielo quebradizo sobre el que plantar tu valía en estas horas confusas. Hay tanto por hacer en tantos frentes que espero que tu obcecación pueda sortear todas las trampas. Creo de verdad que hay buena fe tras la palabrería, pero me faltan dedos para contar las mirillas que han elegido tu cabeza como trofeo con el que decorar sus despachos. Ojalá el presente se convierta en buena nueva. Porque el futuro, amigo, ya te lo has asegurado.

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