Estoico. Qué otro adjetivo te define en la grandeza y en la miseria de tus acciones? Derribado al fin por la avaricia de tus coláteres y por la necesidad humana de negar la evidencia. Te conozco la paciencia que te impedía descarrilar en las curvas pronunciadas, confiado en que el mundo aún conservaba una pizca de sentido común entre tanta serpentina fatua. Firme en las convicciones, pero con una cintura algo anquilosada a la hora de flirtear con la desgracia. Tenías intuición suficiente para acertar a menudo el camino, pero por mucho footing que te marcaras casi siempre llegabas a la explicación con retraso y con vocabulario insuficiente. Cuánto me hubiera gustado que el pueblo tuviera acceso a tus buenas intenciones! Pero tu sangre de horchata no siempre resultó la mejor política. Te ofendió la duda y el insulto, pero había razones suficientes para asumir el sarpullido. Debiste dar la cara sin ambages, confesar lo que hoy nadie duda y dar un paso al lado para que soplara el aire por entre las costuras malolientes del partido. Te venció la soberbia, como a casi todos los que se saben superiores a la media. Habías ayudado a levantar un país de la miseria y en vez de abandonar con la testuz al cielo quisiste resistir para dar una vueltica más al ruedo. Lástima que no calibraras la certeza del disparo que se alojó entre tus ojos! Ahora, descansa y observa: La historia de las civilizaciones se alimenta de jóvenes sin espera.

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