Te recuerdo aguardando en una estación abandonada. Como si a tu alrededor todas las cosas hubieran muerto. Presa del delirio o de una realidad prolija en espinas. Buceando la monotonía de las horas con la respiración contenida y el corazón en huelga. Sola en el centro de todas las dimensiones. Ausente de los rituales cotidianos. Te negaste a la vida como si con el sacrificio pudieras forzar la mano de los dioses, pero erraste la jugada. Ahora viajas en trenes invisibles sin moverte de sitio. Atorada en la soledad que te esquilma y te protege. Al margen de los días lluviosos o los días soleados, porque el paisaje al que obedeces yace hurtado a la realidad en algún lugar confuso de tu psique. Te recuerdo con las alas desplegadas como un ángel imponente. Siempre pálida entre los colores bárbaros de la Primavera. Sangrando en un costado en la cima de tu Gólgota imaginario. Atiborrada de pecados ajenos con el convencimiento absurdo de que la prole aún puede ser salvada. Y en las tardes oscuras de tormenta, cuando la melancolía es tu única compañera, te veo caminar entre maizales a la espera del rayo o de otra madrugada.

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