Yo busco en tus ojos un aliado a mis memorias. Un voyeur sin ascos capaz de viajar hasta la caverna de mis tripas e instalar allí sus andamiajes. Cómodo entre vísceras y recuerdos impúdicos. Chapoteando en un mar de imbecilidades. Capaz de viajar a lugares a los que nadie llega, interpelado por monstruos a los que yo nutro en la distancia. Alguien que no tema ensuciarse los pinreles cuando la senda se vuelve pantanosa, porque en el lodazal y el cieno crecen a veces las palabras más sensatas. Yo, perdido el pudor y la soberbia, te ofrezco la llave de cuánto rotula mi cabeza, antes de que cualquier accidente vascular cierre de un plumazo las espitas del intelecto y me condene a la baba y al pañal grosero. No hay trampa. No hay cartón. No hay misericordia. Yo te asalto como el lobo al cordero en la tranquilidad de tu rebaño. Armado con palabras caseras, puntiagudas como punzón de prisiones, con las que ensangrentar la lana que te cobija en esta vida odiosa de mansedumbre. Porque, te aviso, yo busco una víctima para todo cuanto escribo.

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