Con lazos de colores en las trenzas de tu pelo, danzando orgullosa por las calles sin tumulto de un pueblo andino. Sonriéndole a las brumas de la mañana en tus sandalias polvorientas mientras la zampoña y el charango suenan alegres a tu paso. Así luces en mi memoria este invierno claroscuro. Con una sonrisa curva que desarma, forjada en arrugas que delatan y relatan tu vida a la intemperie. Domando estas cumbres blancas y silenciosas con la fuerza imperturbable de tus manos chiquitas pero poderosas. Limpia como pocos, porque el altiplano nunca tuvo ínfulas de conquistador pendenciero, no pretendes riquezas ni poderes fatuos. Tú que le hablas al cóndor con la voz inocente de la madrugada mientras la vizcacha corretea laboriosa. Tejiendo la lana como el escritor sus memorias. El rojo y el morado de la cochinilla. El verde de la chilca. El amarillo del culli. El naranja de las barbas de roca. El azul del índigo. Qué bellas las telas que son poemas sobre la tierra y sus pasiones, sobre los pastos que alimentan llamas y vicuñas, sobre el sol y el cielo que reinan estos parajes que no conocen aditivos. En la noche canalla de esta metrópoli asfixiada tu imagen es oxígeno para mi fe maltrecha en el mundo.

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