En esta noche de seda, de almíbar y sakuras, acicalada cual princesa de mangas enormes, llora mi niña de ojos rasgados una cadena sin fin de lagrimones de plata. Yo viajo el mar irritable de los conquistadores, alerta la katana contra el Ryüjin maligno, oscuras las aguas que todo lo engullen o que se abren al cielo para vomitar la muerte en forma de dragones. Venció la espada sobre el verso, Minamoto sobre Fujiwara. Así es la historia de los siglos donde a la sutileza del arte la releva la brutalidad de la guerra, donde el puño cerrado sucede a la mano extendida. Entre lacados y pinceles mi niña no admite consuelo. Blanca la tez, negros los dientes, rojos labios y mejillas en un carmín imposible. La lluvia y su llanto se vuelven tormenta mientras un libro abierto aguarda en su almohada. La paz y la tranquilidad se agotan en sus pupilas tristes, porque el samurai aguerrido destronó al poeta. Qué será de las cosas que fortalecen el espíritu? De las cosas cuya belleza aceleran los latidos del corazón? De las cosas encantadoras que el calígrafo captura en el pergamino del alma? Vocifera la tempestad en rugidos siniestros que alertan a los cuervos refugiados bajo las pagodas de palacio. Mi niña se yergue con la cabellera al viento, perdida la mirada en el lúgubre horizonte que ayer era fiesta, con los colores altivos y brillantes de su tasukigake enfrentados al gris de esta tarde melancólica. Qué será de las cosas felices que viven en la memoria? Mientras, la planta de añil y los filodendros languidecen bajo el cielo primaveral de Kioto.

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