Ella le habla al hombre en una lengua nueva, fresca como la hierba untada de rocío en madrugada. Sola en el vórtice de los malentendidos. Desafiando la calumnia. Soportando el escarnio de cerebros mediocres que urdieron la condena para salvar sus corruptas posaderas, aterrorizados hasta el tuétano por la sabiduría de las hembras. Ella, la preferida. Ocultada en Nicea por un emperador pomposo y un puñado de mulas que sólo ansiaban sus denarios. Ella habla sin púlpitos ni distancias. Libre de chantajes o de deudas que encarcelan. Ofreciéndose al respetable sin kevlar ni cristales antibalas, consciente de que la exhalación final nunca se sortea. Con tez de oliva y ojos hospitalarios la veo mezclarse entre la turba de los iscariotes sin ruborizarse ante la traición y la hipocresía. Ella, inicio de un linaje sagrado que ningún libro conserva. Madre a pesar de la ignorancia que siempre asoló las iglesias. Huyendo del lábaro y de los altares, donde reyes y papas se reparten las ganancias. Ungiendo de consuelo las almas rotas de los desheredados con palabras que cualquiera reconoce. En lo alto de un cerro, en tierra de Mateo, reposan sus pesares mientras el viento acaricia manso su oscura cabellera.

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