No creas que te he olvidado. Armado de Sur y de sonrisas. Asomado al extremo de la cordura con el verbo fresco y el porte danzarín de los juglares de la calle. Hablándole de tú a la gente sin fruslerías ni atropellos, como se le habla al hermano al que le duele el alma a fuerza de ser incomprendido. Llenos los ojos con paisajes que nadie percibe. Vacías las manos porque el destino pocas veces se muestra generoso con los poetas. Yo no tenía nada. Apenas un gurí chiquito que aún no se halla. Y vos me disteis todas las palabras! De rostro enjuto y funerario, camuflado bajo rizos, bigote y barba asamblearios, le perdonabas al hombre todas sus soberbias entregándole la esperanza de regalo. La tuya fue la voz sobre la que se edificó el último imperio, sobre la que la humanidad firmó su primer contrato. Subido a la palestra de las horas le cantabas a cada cual sus misterios, escindido de la tropa como un verso suelto que no halla acomodo en el poema. Creo que pereciste alcanzado por la metralla de la vida, herido de muerte en un riña entre la noche y la madrugada de los tiempos, teñida de luto la escritura que a borbotones fluía de tus adentros como un maná arcano que alimenta a la prole, bailoteando borracho con los ángeles en una verbena nueva. Sin más pudor que desvestir a la sociedad de sus miserias y devolverle al niño que nos juzga sus razones. De veras yo no tenía nada. Y vos, sin conocerme, me disteis todas las palabras!

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